Juguito de piña

¿Alguna vez has sentido que te aman incondicionalmente? Qué afortunados somos los que podemos responder sí a esa pregunta. Esa persona que nos ama absolutamente tal como somos, con nuestras manías, nuestros defectos, con esas características que podrían mejorar con el tiempo, o incluso que algún día quizá deberíamos cambiar por nuestro propio bien… pero mientras tanto, esa persona nos acepta. Creo que ese amor incondicional solo puede venir del amor de madre.

 

Un error común es tratar de buscar ese mismo amor en las personas que conocemos después, como nuestras parejas. No hay comparación: son amores distintos. Con una pareja podemos sentirnos afortunados de encontrar un compañero de vida ideal, alguien que nos hace sentir amados y aceptados tal cual somos, pero también sentimos el compromiso de crecer, de ceder, de esforzarnos por ofrecer lo mejor de nosotros. 

 

Con nuestra madre, en cambio, no hay esa presión. Su amor nos brinda una libertad absoluta; podemos ser nosotros mismos sin temor, porque sabemos que estamos sostenidos incondicionalmente. Con nuestras parejas, también podemos ser amados tal como somos, pero existe una "condición" implícita: el amor de pareja es una elección diaria, un compromiso mutuo que implica respeto y cuidado, y que puede llegar a un punto en que uno puede decir basta, me retiro. No hay obligación de permanecer, y esa conciencia marca la diferencia. Con mamá, no existe esa línea de retirada: su amor es instantáneo, desde las entrañas, constante, sin condiciones ni pausas, y en esa certeza descansa una sensación de libertad y seguridad que solo el amor materno puede brindar.

 

Hace diez años, mi abuelita se fue de este mundo físico y tangible. La guardo en mi memoria, y cada día encuentro algo que podría contarle, algo que quisiera compartir con ella. No ha pasado un solo minuto sin que la extrañe, tan increíble como suena, pero he aceptado que su amor fue un privilegio, un regalo que guardo con cariño. Su amor y el amor que me rodea ahora no merecen ser comparados, porque ambos han formado parte de mi crecimiento y en ambos me he sentido, de maneras distintas, como la persona más afortunada del mundo.

 

Mi mami sigue conmigo en cada acto de bondad, en cada recuerdo que despierta una sonrisa, en cada instante en que me esfuerzo por ser mejor, no por obligación, sino por gratitud hacia quien me enseñó que amar puede ser el regalo más grande y liberador que podemos recibir.


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