CARPE DIEM

 

Tengo 35 años y esta mañana sentí un fuerte dolor en el pecho que me despertó a las 5:30. Intenté volver a dormir, pero no pude. Una hora después, sonó el despertador. Era hora de levantarse, pero el dolor iba y venía. Una fuerte presión, inclinada hacia el lado izquierdo, me obligaba a poner la mano en el pecho para sentir algo de alivio. Logré sentarme. Sabía que no podría seguir durmiendo.

El temor se apoderó de mí por un momento, hasta que tomé mi teléfono y, por —llamémosle— coincidencia, un mensaje de mi única amiga médico me estaba esperando:
“Hola, ¿cómo estás? He querido escribirte, pero por la diferencia de horario no lo había hecho. ¿Cómo te sientes? ¿Estás feliz?”

Durante toda esa hora mi mente me jugó varias pasadas. Ser positiva y negativa a la vez no me estaba ayudando mucho. En los momentos de optimismo pensé: seguramente he comido tanto y tan desordenadamente estos días, que mi cuerpo me está haciendo una llamada de atención. Pensé que el hecho de que me escribiera mi amiga era en realidad una oportunidad para tranquilizarme, ya que es una profesional de la salud y yo, pues, tiendo a ser un poco paranoica con esos temas. Yo siempre pienso lo peor ante el más mínimo dolor o síntoma, y caigo en un bucle, por lo que tener comunicación con ella significaba seguir sus recomendaciones como una paciente obediente y eso me haría salir del tema.

Y sí, pensé eso… pero también: ¿Qué sucedería si no despierto? Aunque sé que eso es inevitable algún día -porque es el destino universal-, la verdad yo estaría encantada si tarda mucho en llegar ese momento, pues me encanta vivir, aunque a veces no lo parezca.

Y entre tanta divagación —sí, porque la mente no conoce de límites— pensé en todas las personas que quizá recibieron alguna señal de alerta para prevenir un problema a futuro y nunca escucharon, nunca se detuvieron a pensar en ello, a actuar… y ahora quizá viven con menos calidad de vida, o con un problema de salud que mandó señales en sus treintas.

También pensé que quizás no era algo físico, sino emocional. Que a veces el cuerpo grita lo que el alma calla. Que un dolor en el pecho, esa presión, esa sensación de ahogo, puede ser un ataque de pánico disfrazado, una respuesta del cuerpo a emociones que no hemos sabido desahogar, a todo lo que reprimimos por dentro para seguir funcionando por fuera. Porque uno puede parecer fuerte, pero incluso la calma aparente puede esconder tormentas que tarde o temprano necesitan salir.

Esta mañana me hizo pensar en todos esos días en los que he estado sola, mirando a la pared, sin motivación, sin ganas, sin disciplina, sin confianza. Preocupándome por lo que no puedo controlar, o por lo que sí… justificando toda mi inacción en lugar de salir, moverme, pintar, escribir, grabar, tomar fotos, caminar, platicar, agradecer, perdonar, amar...

Esos momentos de angustia me hicieron pensar en mi todo: mi familia, mi pareja. Por ejemplo ¿Cómo les comunicaría mi pareja a mis seres queridos lo mucho que significan para mí? ¿Cómo los tranquilizaría y les transmitiría exactamente lo que quiero decirles para darles paz de alguna manera, si estamos a miles de kilómetros de distancia y ni siquiera hablan el mismo idioma entre ellos?

¿Qué creerían los demás? ¿Qué versión de los hechos tendrían o se imaginarían las personas que me conocen? Pero carajo, hasta después de muertos creemos que las opiniones sobre nosotros importan. Y sí, importan… cuando no quieres lastimar, cuando quieres irte sabiendo que, al menos, están y estarán bien. Pero como todo, nunca lo puedes saber. Solo te queda confiar.

Así que, si algún día llega lo inevitable, quiero que sepan que los amo, que me hicieron la más feliz, que aprendí mucho y me siento satisfecha con mi vida, en la que ustedes fueron lo más importante. Y lo agradezco infinitamente. Me siento la más afortunada por tener su apoyo al cumplir mis sueños, por todo su amor y momentos divertidos juntos.

Así que pueden seguir adelante, siendo felices. No se preocupen, por favor. Hagan lo que, a partir de ahora, me determino a hacer: vivir el presente y valorar cada instante. Siempre tengan paz en su mente y en su corazón, que eso es muy importante. Y cuando me toque descansar, tomen en cuenta que me encantaría que fuera en los dos países que fueron mi hogar: el que me vio nacer y el que posiblemente me vea partir.

Qué divertido es recordar que incluso podría ser solo reflujo… y una acá, pensando en qué poner en esta carta por si acaso.

La vida es breve. Vamos a disfrutarla al máximo.

BBHG

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