Entre el diván y la egolatría
Parece que en los últimos años ir a terapia se volvió casi un estatus social. Antes la gente presumía el coche, el celular nuevo o un viaje; ahora lo que se presume es: “mi terapeuta me dijo que debo poner límites”. Y está perfecto, porque la salud mental es importantísima. Pero, seamos sinceros: a veces se les pasa la mano.
Hoy en día, es cada vez más común que, en medio de una conversación casual con un amigo, surja el tema de ir al psicólogo. A veces, basta con contar una anécdota o un problema personal para que alguien sugiera: "¿Y si eso está relacionado con algún trauma de la infancia, una herida de abandono o una traición?" Términos que, aunque populares, pueden hacernos sentir que algo está inherentemente mal con nosotros, aunque enseguida escuchemos un “¡Hey! Pero no es tu culpa”.
Creo firmemente que el autodescubrimiento —el proceso de entender quiénes somos realmente— nos permite ver que, efectivamente, detrás de muchas de nuestras acciones puede haber causas más profundas. Existen "rayones" del pasado que solo al conocernos a fondo podemos identificar, y es desde ese entendimiento que podemos empezar a actuar de una forma más consciente y coherente. Sin embargo, este proceso de autoconocimiento no tiene una única vía. Puede darse de muchas maneras, y siempre debe nacer desde una voluntad auténtica y personal.
Si decidimos hablar de nosotros mismos con un profesional —alguien a quien le pagamos por escucharnos— sin tener una intención real de mirarnos por dentro, es poco probable que experimentemos un cambio interno significativo. En ese caso, corremos el riesgo de convertirnos en simples repetidores de lo que el terapeuta nos dice, sin comprender realmente el "por qué" o el "para qué" de nuestras conductas. Seremos, entonces, marionetas de un discurso que no nos pertenece.
Y es justamente ahí donde comienza a surgir una tendencia particular.
Algunos que recién descubrieron la terapia empiezan a diagnosticar a medio mundo: el amigo “tóxico”, la tía “manipuladora”, el jefe “narcisista”. Y sí, seguramente en algunos casos tienen razón… pero ya empiezan a sonar como los testigos de Jehová, solo que en lugar de preguntar “¿Ya conoces la palabra del Señor?” es “¿Ya fuiste a terapia?”.
El problema no es que vayan, ni que recomienden; el detalle es cuando confunden amor propio con egolatría. “No, no voy a lavar los platos porque debo priorizar mi autocuidado”, dice alguien mientras la pila crece como mural moderno. O aquel que se vuelve casi coach de vida, sin título ni experiencia, solo porque ya lleva tres sesiones.
La terapia es valiosa, sí, pero no todos la necesitan en el mismo momento, ni todos la vivirán igual. A veces basta con una charla con un buen amigo, un paseo, o simplemente aprender a respirar (sin pagarle 500 pesos a alguien que te diga cómo). No es menospreciar la psicología, es reconocer que no siempre hay que imponerla como religión.
Así que, con todo respeto: vayan a terapia si sienten que lo necesitan, recomiéndenla si quieren, pero dejen que cada quien decida si toca o no subirse al consultorio. Porque no vaya a ser que, en nombre de la salud mental, terminemos más obsesivos que los problemas que queríamos resolver.
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